Llevo más de seis años fuera del país en el cual nací, donde los mangos fragantes se pudren en las aceras. Cuando llegué a la ruda Miami, me sentí tan bien que hasta me dió sentimiento de culpa. Quise regresar para reivindicarme, pero tremendo coñazo que recibí al llegar; quedé como un mango caído de la mata.
Ahora me encuentro en San Francisco, lleno de ideas y de sueños, recibo a mis compatriotas rotos. Llegan con una caja de cocosette como regalo y la incredulidad de caminar por la calle sin miedo, porque "ya no importa más". Tres personas más me proceden desde las faldas del Ávila... y las que faltan.
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