Ayer hablé sobre la violencia en Venezuela. Hoy hablo de sus muertos, más de 100 mil, que han perecido de forma violenta durante el tiempo que Chávez ha estado al poder, según el semanario zuliano "Versión Final" (citado por Noticias24). Es decir, si pusieramos una urna detrás de otra, serían casi 200 kilómetros.
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viernes, julio 11, 2008
miércoles, julio 09, 2008
Realismo mágico: la inseguridad en Venezuela
Migración de escrúpulos XLVII
Image via Wikipedia"A mi me gustaría ir a Venezuela", dijo la dueña de la tienda de juguetes en Noe Valley, San Francisco. Creo que mi sonrisa era como la del hada que compraba para Koral: plástica.
"Siento que algo me llama a visitar ese país, pero temo que sea..." La señora tiene ojos sinceros, de esos que se achinan cuando piensa o sonríe. Me volteo intentado -sin éxito- buscar al niño al cual le dedica el giño del silencio.
Sólo me encuentro con el rostro infantil de la nostalgia. La de ella y la mía. Parece que ambas compartirmos la culpa de comer de las vacas del sol, consumiendo de esta manera nuestra esperanza de regresar. ¿Porqué vinimos a parar aquí? ¿Ambición o miedo?
"¿Temes que sea muy peligroso?", le respondí.
"Sí, exacto", dijo mientras regresaba las pequeñas hadas a su montaña de fieltro, excepto una, la del cabello oscuro. Una elección acertada para mi amiga y compañera de poesía, quién solía tener su casa repleta de hadas que veía en medio del humo y el tarot.

"Puedes evitar el riesgo. No tienes que ir necesariamente a la capital, Caracas, que es una ciudad muy violenta." Al decir eso, inmediatamente me transporté a los tiempos en los cuales trabajaba para El Universal en la Avenida Urdaneta. Una bizarra rutina se había instalado en la vida de los reporteros que trabajaban allí: la lluvia de balas a las 3 de la tarde, justo a la hora del café. Por ello blindaron los vidrios a prueba de balas.
"Puedes ir a las montañas de Mérida, a los llano o incluso mejor, a la playa", agregué , mientras recordaba mi infancia en Lechería. Cuando tenía 7 años me encantaba escaparme del complejo residencial donde vivía con mi mamá y mi hermano para ir a buscar ponsigué, una fruta parecida a ciruela. El problema es que el árbol estaba a 8 cuadras de distancia de mi casa, un poco lejos para una pandilla de mocosos estudiantes de primero y segundo grado, solitos. De cualquier modo, nunca nos pasó nada.
"¿La costa? A mi me da un poco de miedo las costas venezolanas", dijo.
"¿Porqué?"
" Es que unos piratas asaltaron el yate de una amiga en Morrocoy. Llegaron en la noche en un barquito y se llevaron todo. Mi amiga se salvó porque se escondió en el baño, pero los demás, una pareja de mi edad (casi 60 años), los acuchillaron y los dejaron allí, tirados a la buena de Dios".
Me quedé fría, esperando que me tragara la tierra. "I am sorry", babeé a modo de disculpa ajena.
"No te preocupes", sonrió con sus ojos de agua. ¿Y tú de donde eres?"
"De Venezuela", senda cagada de país. :(
"Siento que algo me llama a visitar ese país, pero temo que sea..." La señora tiene ojos sinceros, de esos que se achinan cuando piensa o sonríe. Me volteo intentado -sin éxito- buscar al niño al cual le dedica el giño del silencio.
Sólo me encuentro con el rostro infantil de la nostalgia. La de ella y la mía. Parece que ambas compartirmos la culpa de comer de las vacas del sol, consumiendo de esta manera nuestra esperanza de regresar. ¿Porqué vinimos a parar aquí? ¿Ambición o miedo?
"¿Temes que sea muy peligroso?", le respondí.
"Sí, exacto", dijo mientras regresaba las pequeñas hadas a su montaña de fieltro, excepto una, la del cabello oscuro. Una elección acertada para mi amiga y compañera de poesía, quién solía tener su casa repleta de hadas que veía en medio del humo y el tarot.
"Puedes evitar el riesgo. No tienes que ir necesariamente a la capital, Caracas, que es una ciudad muy violenta." Al decir eso, inmediatamente me transporté a los tiempos en los cuales trabajaba para El Universal en la Avenida Urdaneta. Una bizarra rutina se había instalado en la vida de los reporteros que trabajaban allí: la lluvia de balas a las 3 de la tarde, justo a la hora del café. Por ello blindaron los vidrios a prueba de balas.
"Puedes ir a las montañas de Mérida, a los llano o incluso mejor, a la playa", agregué , mientras recordaba mi infancia en Lechería. Cuando tenía 7 años me encantaba escaparme del complejo residencial donde vivía con mi mamá y mi hermano para ir a buscar ponsigué, una fruta parecida a ciruela. El problema es que el árbol estaba a 8 cuadras de distancia de mi casa, un poco lejos para una pandilla de mocosos estudiantes de primero y segundo grado, solitos. De cualquier modo, nunca nos pasó nada.
"¿La costa? A mi me da un poco de miedo las costas venezolanas", dijo.
"¿Porqué?"
" Es que unos piratas asaltaron el yate de una amiga en Morrocoy. Llegaron en la noche en un barquito y se llevaron todo. Mi amiga se salvó porque se escondió en el baño, pero los demás, una pareja de mi edad (casi 60 años), los acuchillaron y los dejaron allí, tirados a la buena de Dios".
Me quedé fría, esperando que me tragara la tierra. "I am sorry", babeé a modo de disculpa ajena.
"No te preocupes", sonrió con sus ojos de agua. ¿Y tú de donde eres?"
"De Venezuela", senda cagada de país. :(
jueves, septiembre 13, 2007
En la ciudad de la furia
Migración de escrúpulos XXXXIV
Acostumbraba a caminar por el medio de la calle cuando regresaba de la Universidad Central de Venezuela. La razón por la cuál lo hacía de esta manera era el miedo, miedo a ser violada en frente de la ventana de mi vecino que, de seguro, no intervendría. La calle Minerva, que separaba la salida de la UCV de la entrada de mi edificio, era la más peligrosa de la zona, estadísticamente hablando. Los malandros habían roto las bombillas de los faros para poder robar a sus anchas. No era el panorama más alentador para una chica a las 10 de la noche... Con la velocidad que corría ese pequeño tramo podía haber participado en los juegos panamericanos.
Afortunadamente no pasó nada... en ese momento.
De esto me acordé cuando leí el blog de Ficción Caracas. La impotencia, la indefención. Que yo recuerde, nunca recibí un servicio de un policía, nunca me salvé de pagar sobornos. No me siento orgullosa de haberlo hecho.
Que decepción.

(Fotograma de Secuestro Exprex)
Acostumbraba a caminar por el medio de la calle cuando regresaba de la Universidad Central de Venezuela. La razón por la cuál lo hacía de esta manera era el miedo, miedo a ser violada en frente de la ventana de mi vecino que, de seguro, no intervendría. La calle Minerva, que separaba la salida de la UCV de la entrada de mi edificio, era la más peligrosa de la zona, estadísticamente hablando. Los malandros habían roto las bombillas de los faros para poder robar a sus anchas. No era el panorama más alentador para una chica a las 10 de la noche... Con la velocidad que corría ese pequeño tramo podía haber participado en los juegos panamericanos.
Afortunadamente no pasó nada... en ese momento.
De esto me acordé cuando leí el blog de Ficción Caracas. La impotencia, la indefención. Que yo recuerde, nunca recibí un servicio de un policía, nunca me salvé de pagar sobornos. No me siento orgullosa de haberlo hecho.
Que decepción.
(Fotograma de Secuestro Exprex)
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