viernes, septiembre 21, 2007

Carne de cañon

Migración de escrúpulos XXXXVII


El día que se murió su niña, a ella la llamaron en la primera "oleada". Tenía que realizar el nuevo entrenamiento como maestra "revolucionaria" en un pueblito de Monagas donde el viento se devuelve. Ella eludió el bulto por esa vez... estaba enterrando a su hija. La perdonaron esa vez y le permitieron conservar su cargo de maestra rural. Pero que "no se volviera a repetir, porque la revolución no se puede detener", le advirtieron. Ella sonrió amarga, porque nadie más quedaba por morirse, excepto ella y la soledad inmensa que la acompañaban.


Ella quería ser trasladada a otro lugar... cualquiera. Estaba harta de ese pueblo de paredes rojas, funcionarios con amantes de 14 años y niños armados aterrados ante la posibilidad de ser enviados a una guerra asimétrica en Irán. Además, no quería dormir en la cama donde había sido hallado el cadaver de su hija. No quería enfrentarse a su fantasma.

Así que viajó a la ciudad más cercana para tomar cursos de computación. Aprendió como prender la computadora, el procesador de texto y la hoja de cálculo, pero un día antes de abrir su primera cuenta de correo electrónico, recibió una llamada. La revolución le ordenaba incorporarse a las "oleadas" de educadores en proceso de adoctrinamiento, so pena de perder el empleo. Tenía que completar 300 horas de curso antes de diciembre, sin excusas. Así que ella no sólo perdió su primera cita con Internet, también su último semestre para graduarse como Licenciada en Educación... todo sea por la chamba, perdón, el proceso.

El "curso" de actualización curricular revolucionario implicaba internarse en un caserío aún más remoto que el anterior durante TODO el fin de semana. Lunes a viernes para los alumnos de la escuela, sabado y domingo para el "socialismo del siglo XXI", ¿qué espacio quedaba para el ser humano? Los matrimonios de sus amigas estaban en crisis al no poder cumplir como madres, esposas y amantes. Ella, sin casa, sin novio y viviendo con su madre estaba mucho peor.

De paso, volvió a suspender la operación para extirparse el tumor que le drena la vida de a gotas. "Tienes que morir al pie del cañon" le advirtió su superior, quién no se ha dado cuenta cuán literal pueden ser sus palabras. En el partido, perdón, el Ministerio de Educación no comen cuentos (no aceptan una excusa más) y le piden a ella que demuestre su amor al proceso liderado por el "comandante"...





(Gracias Carlos A. Etcheverry por tu dibujo. Gracias a Borlo ahora odio menos al mundo).

1 comentario:

La tierra del cacao dijo...

Como lastima intuir que esta historia no es ficción.